Habitación con vistas






Esa LUZ de tunel, la verdadera... la que nos salva finalmente del abismal vacío de la horas desgarradas; no hay cotillón en esta LUZ que nos anida en el pecho y alumbra con tibieza ese rincón insondable del alma, casi como nacer, temblorosamente como nacer...



Llegamos a París la semana siguiente al horror. Nos recibió con una puesta de sol increíble que se colaba a través de nuestra ventana y nos dejaba ver unas imágenes delirantes y plenas de belleza y coloridos. Sólo fue ese atardecer, el resto de los días París no dejó de "llorar", pero ese, es otro de sus encantos.

Nadie le fundirá jamás los plomos, París es luz y siempre lo será. Y yo, sólo vine para comprobarlo in situ y solidarizarme con este lugar que tanto amo.